Contra el racismo y la xenofobia

Luis Enrique Hernández · Comisión de Denuncia de Cáritas La Rioja
Un año más, un amplio abanico de asociaciones civiles e instituciones públicas y religiosas comprometidas con la defensa de los Derechos Humanos nos congregamos el 21 de marzo, Jornada Internacional de Lucha Contra el Racismo y la Xenofobia. Una celebración que tiene su origen en un acontecimiento fatal sucedido en Sharpeville, Sudáfrica. Aquel día de 1960 se celebraba una gran concentración que reunió a 20.000 personas convocadas por el Congreso Pan-Africano para protestar, de manera no-violenta, contra el apartheid. Las leyes racistas de Sudáfrica exigían la identificación de las personas de raza negra cuando entraban en áreas diferentes a las que tenían consignadas. La protesta pacífica fue violentamente disuelta por la policía que disparó contra los manifestantes. El resultado de la represión criminal fue de 69 muertos y 186 heridos, muchos de ellos mujeres y niños. Este hecho conmocionó a la comunidad internacional, llevando a las Naciones Unidas a declarar esta jornada como invitación permanente al compromiso de lucha contra la intolerancia racista y la violencia.

Mucho tiempo ha transcurrido desde aquel funesto acontecimiento y sin embargo contemplamos la vigencia de esta reivindicación. No ya por la raza o el color de la piel sino por distintas diferencias culturales, religiosas, sociales, sexuales, económicas, de procedencia… El ser humano siempre tiene argumentos para rechazar al diferente, para hacer de la diferencia una amenaza que interroga nuestras propias señas de identidad, nos cuestiona sobre quiénes somos, lo que está bien y lo que está mal, como si tuviésemos la necesidad de autoafirmarnos con la igualdad del entorno, con la igualdad del pensamiento y la misma forma de entender la vida. Toda esa uniformidad nos crea seguridad. «Son los nuestros», «los míos», «aquí vivimos así»… Todo lo que no responda a esos parámetros que dominamos y controlamos nos resulta una amenaza.

Sin embargo, desde esas actitudes cerradas, el ciudadano moderno de hoy se limita a sí mismo y a la propia sociedad que va creando, una sociedad monocorde, monocolor, empobrecida, aburrida y, sobre todo, temerosa de todo lo que le rodea porque el mundo está lleno de colores. Dios nos ha regalado un mundo rico, diverso y mestizo donde la diferencia y la diversidad nos enriquecen a todos, nos hace mejores, amplía nuestra mente y nos ayuda a entendernos mejor a la hora de encontrar nuestro sitio en este mundo.

Renunciar a todo ello por una actitud endogámica, pensando que solo rechazando lo ajeno protegemos lo nuestro, nos lleva a la autodestrucción. Señales en esa dirección están apareciendo lamentablemente en los últimos años, luces rojas que nos avisan de los comportamientos humanos que producen muerte por el rechazo del diferente. Muros que se elevan para no dejar pasar a otros hermanos en un territorio que consideramos nuestro y que nos ha sido regalado por Dios; personas y familias que huyen de la guerra y de la muerte solicitando refugio en este privilegiado continente europeo, a las que no dudamos en dejar morir, por miedo a compartir nuestro opulento modo de vida; millones de euros utilizados en reforzar fronteras, en levantar muros, en pagar a países terceros que contengan esta avalancha humana… cuando podría ser más económico y rentable, y además humano, emplearlo en acoger y atender las necesidades de todas estas personas que gritan por nuestra solidaridad.

Europa y los países ricos en general están llenos de miedo. Miedo a lo diferente, a perder su bienestar y su privilegiada situación económica. Tenemos miedo a que los países empobrecidos quieran compartir parte de esa riqueza que les ha sido arrebatada para construir nuestro derrochador estado de bienestar. Somos incapaces de reconocer que, como señalaba el Papa Francisco en su encíclica «Laudato Si», el mundo es la casa común de todos y es imposible proteger mediante muros, alambradas o fronteras nuestro excesivo modo de vida mientras el resto del mundo pasa hambre, miseria y muerte. Somos parte de esa comunidad que llamamos humanidad y no podemos refugiarnos escondiendo la cabeza debajo del ala, cual avestruz cegata, para no ver la realidad que nos rodea y no asumir la responsabilidad de nuestro comportamiento en esta aldea común que es la Tierra. Hagamos lo que hagamos, las consecuencias de nuestra acción las recibiremos en nuestras propias carnes. Si actuamos solidariamente, haciendo nuestro el sufrimiento del hermano que llama a la puerta, conseguiremos una sociedad fraterna, solidaria y pacífica, mucho mejor que la que tenemos ahora.

Sin embargo, si seguimos empecinados en el rechazo de quienes son diferentes, entendiendo a la diversidad no como una riqueza sino como una amenaza; si basamos nuestra relación en un pulso de poder e intentamos sacar provecho de la necesidad de los más débiles que vienen de fuera; si actuamos desde la injusticia, la explotación o la marginación de los que vienen necesitando de nuestra ayuda… la sociedad que crearemos será una sociedad en continuo enfrentamiento y crispación.

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