Poner puertas al campo

Carmelo Juárez · Comisión de Denuncia de Cáritas La Rioja
Una noticia nos hacía ver cómo el cierre de las fronteras de la Unión Europea tras el acuerdo con Turquía sobre la devolución de los refugiados que llegasen a Grecia podría convertirse en papel mojado. En pocos días, más de 10.000 personas han sido rescatadas por guardacostas italianas. ¿Qué hay detrás?

Hablamos con frecuencia de refugiados y en ocasiones los despreciamos diciendo que son sólo “emigrantes económicos”. Seguramente las dos realidades están mezcladas y, aunque difícil, sería bueno separarlas. Pero ambas tienen una raíz común: las condiciones de vida en los países de origen de estas personas son difíciles, a menudo extremas. Nadie emigra por placer sino por necesidad. Una persona refugiada es, según el concepto de la Convención de Ginebra, aquella que se encuentra fuera de su país teniendo temores fundados de ser perseguido si regresara a él por no poder ser protegido por las autoridades. Esta definición incluye a las personas que huyen de conflictos armados o situaciones de violencia generalizada. Es decir, se huye de la miseria, del hambre, de la guerra y de la probable muerte.

En los últimos años nos hemos ido acostumbrando a sucesivas crisis de migración, principalmente subsahariana por la frontera hispano-marroquí, árabe y del cuerno de África a través del mar hacia Italia, o siria en la frontera de Grecia y Turquía.

En este último ámbito es donde probablemente más se ha visibilizado el problema. La guerra sin cuartel de los últimos cinco años por el control del territorio sirio ha obligado a convertirse en refugiados a casi cinco millones de personas. La mayoría están acogidas en Líbano, Jordania y Turquía, países vecinos. Pero otra parte quiere seguir camino hacia horizontes más lejanos. Esa pequeña parte es de la que nos llegan noticias. Son menos de 200.000 los refugiados atendidos en Italia y Grecia que la UE debería reasentar. Por otra parte, Naciones Unidas ha pedido a la Unión Europea que se haga cargo de tan sólo un 10% de estas personas refugiadas en Líbano, Jordania y Turquía reasentándolas en su territorio.

Llama la atención la diferencia de comportamiento entre los países receptores: los que tienen menos medios para atenderlos hacen un esfuerzo y asumen el problema atendiendo a la mayoría; Europa, la rica (aunque esté en crisis) y culta Europa, debate, expulsa y rechaza asumir sólo una pequeña parte del problema. Según un informe de la UE, sólo unas 1.000 personas, no llega al 1% de los acogidos en Italia y Grecia, han sido reasentados en terceros países. De nuevo los más pobres han de asumir la mayor carga.

Pero Europa ha dado un paso más. Recientemente se ha alcanzado un pacto con Turquía para devolver a los inmigrantes que lleguen a Grecia desde ese país, incluso a los sirios, pero comprometiéndose a asumir hasta 72.000 refugiados. A cambio Turquía recibirá ayuda económica de la UE y sus ciudadanos podrán viajar libremente por Europa sin visado. Es decir, la más completa mercantilización de seres humanos.

Cáritas, entre otras organizaciones de la Iglesia Católica, ha declarado que el “acuerdo evidencia el fracaso de la UE en la adopción de una política común de asilo y en brindar protección a las personas refugiadas, otorgando prioridad al control de fronteras. Europa está negando la hospitalidad a quienes abandonan involuntariamente sus hogares huyendo de la guerra, la persecución y el hambre.”

Esta es la catadura moral de nuestros gobiernos, que se dicen: vamos a poner puertas al campo; que nadie llegue hasta nuestro bienestar no sea que lo perdamos; tenemos que protegernos de la emigración económica, que bastantes problemas tenemos con nuestra crisis… Pero ¿es está la altura moral de los ciudadanos? Confiemos en que no. La movilización social y la sensibilidad ante las noticias sobre esta situación así parece mostrarlo.
El Papa Francisco ha puesto de manifiesto el carácter estructural de este tipo de flujos migratorios: si no hubiera conflictos armados y las condiciones de vida fueran aceptables en sus países de origen no se producirían estos éxodos masivos. Sería sensato atacar los problemas en su origen y analizar qué parte de responsabilidad tenemos los países desarrollados ya que buena parte de las guerras se soportan en el afán de negocio de una industria armamentística que necesita renovar sus arsenales y buena parte de la pobreza en el tercer mundo la genera el interés por el control de las materias primas y su explotación sin límites.

Por lo tanto, hay dos frentes. A corto plazo, deberíamos resolver las emergencias de estos flujos migratorios con generosidad, cumpliendo con las normas internacionales de protección de las personas. Sin poner puertas al campo. Se trata de un ejercicio de solidaridad, de sentir las necesidades del otro, de sentir con el otro, de misericordia. A largo plazo, hemos de contribuir a cambiar el orden internacional en lo político, como origen de buena parte de las guerras y conflictos, y en lo económico, como origen de pobreza y la desigualdad. Se trata de un ejercicio de justicia en un mundo donde todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, si queremos que el problema no vuelva a repetirse.

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